Sanatorio I

Los días han corrido presurosos impulsados por el ansia de la huída y el olvido del pasado dolor. Pero esa concepción es tan sólo una percepción virtual de lo que se supone es el Tiempo vívido y crudo. Lo que son días enteros en ciclos intolerables y segundo a segundo más extensos, son tan sólo unas pocas horas de meditación, en las que la contemplación forzosa de los recuerdos tortura mi Voluntad. Recuerdo los días de oro cuando el sufrimiento era el alimento más constante, más fecundo en mi corazón. Ahora en mis visiones se mezclan todas aquellas travesías cuyo único fin era una tortura impuesta, un maltrato hacia lo que aquellos comunes creerían principio inquebrantable y cuya justificación tacharían por locura e insanidad. Hoy, miro atrás y pienso lo frágil que era mi ingenuidad, pero no creo en la Insanidad de mis actos. Al menos, aquellas acciones tenían color y, aunque guiadas por deseos egoístas y caprichosos, eran cristalinamente genuinas, invadidas por los más fervientes pero mentirosos anhelos.

Ahora veo mis vestidos y mi rostro, viejo, desgastado, cansado… No sé por qué. Y pienso en los protagonistas de las tragicomedias pasadas con finales tontos y poco dramáticos, por demás poco estéticos y tediosos. Decía el escritor ingenioso que el verdadero poeta es quien logra vivir la poesía que no es capaz de escribir… No sé qué soy, si soy poeta, si soy buena o mala, si hay talento en palabras desgastadas, repetitivas, agonizantes, que suplican por piedad cuando no son capaces de entrar al rebaño y que suplican por compañía cuando ésta sobra y anda a mi lado, sin yo sentirla, sin tener un indicio minúsculo de su presencia. Hoy, con mucha de aquella ingenuidad totalmente destruida, esta mirada mía es indescifrablemente grave, tentadoramente engañosa, ventana a visiones que arrastran consigo a todos aquellos que creen en ellas. Casi como un demonio que en lugar de consumir carne o sangre o rastros de vida material, se lleva los sueños, esperanzas, dulces ensoñaciones a mundos que no sostienen mi mano por mucho tiempo y de los que me marcho tranquilamente sin sentir las caídas o la deserción. Llámame Lamia, llámame súcubo, demonio, vampiro, empusa, y vivo entre podredumbre, y me alimento entre bestias, y ando en harapos, y me como a los indefensos… no tengo piedad. Usa las más sutiles metáforas o las más pronunciadas, consumidas inútilmente en la moda de nuestros tiempos y las ganas de ser algo más que simplemente condenada y deambulante humanidad. Yo no necesito usar palabras severas, canónicas y antiguas para describir una naturaleza inevitable, que la conciencia abrumadora consume con cada paso.

Y cuando no lo soporto más, río de tu sonrosado candor, de tu sonrisa amable que se diluye entre los sueños de malicia. Cada Noche que las oscuras y subconscientes voluntades de mi malintencionado corazón se despiertan, lucho por dejarlas entregándome a la austeridad quebrantada de mi moral… Y mi cuerpo se alza entre fiebres infernales y la Noche se hace más honda e indefinida y sus sonidos confidentes, guturales e insondables. Y aquellas Noches en que no hay lucha, soy Tique que te hala a la desgracia, soy Esteno que te hace a su semejanza, soy Lilith que te arrebata de la luz del Día. Cuando ocurre de esta manera, quisiera no despertar y perderme entre las visiones, los sueños y las sensaciones falsas pero delirantes, que dejan la prudencia embotada en un halo de dulzura y pasividad… Pese a ello, siempre hay un despertar, que me deja en el estado del beato manchado de pecado, sin más esperanza que volver a dormir y perder la concepción del Tiempo y la retorcida Voluntad.

Foto tomada de: Agnieszka Szuba

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